¿Amar nuestro trabajo? Hoy en día puede escucharse un tanto extraño. Tomemos en cuenta al trabajo como una bendición. Si no tuviéramos trabajo, nos encontraríamos desprovistos de cualquier medio para sobrevivir. Además, no tendríamos un medio por el cual ayudar a los demás. Ese medio al que me refiero es precisamente lo que hacemos. Es necesario concientizarse que a través del trabajo que realizamos, nos es posible ayudar a los demás en sus necesidades y requerimientos. Desde una perspectiva cristiana, tomemos al trabajo también como oración constante. Es nuestra ofrenda al Creador de Todo. Finalmente, el trabajo es una fuente de santificación. Es una herramienta que me ayuda a constantemente sentirme hijo de Dios y heredero de Cristo en sus promesas a una vida eterna. Quizás sea ésta la razón de mayor peso por la cual debamos amar nuestro trabajo.
Como cristianos, tenemos la seguridad que nuestro Padre Celestial nos provee de todo aquello que necesitamos, según como lo necesitamos y en el momento en que lo necesitamos. De eso no nos cabría la menor duda. Tengamos la seguridad que somos capaces de trascender cualquier situación económica desfavorable. Pero, ¿qué es lo que sucede en la dinámica de un trabajo?
Cuando estamos en nuestro lugar de trabajo ejerciendo alguna profesión, haciendo actos de comercio o trabajando para alguien más, estamos primero que nada, haciendo oración a Dios. A través de nuestro trabajo, o más bien, nuestro trabajo mismo, es la mejor oración materializada que podamos ofrecer a Dios. A través de nuestro trabajo, ofrecemos nuestro tiempo, conocimiento y nos ofrecemos nosotros mismos a Él y a nuestro prójimo: procurando atenderle de acuerdo a sus necesidades, de la manera más justa y amable y sobre todo, creando a través de nuestra participación en particular, algo de riqueza en su patrimonio. Procuramos en todo momento que nuestro trabajo genere a los demás un valor agregado, un valor adicional, ya sea a través de nuestras obras o de nuestros conocimientos. Ahí estamos cumpliendo con un deber también como cristianos: entregándonos a los demás mediante el trabajo que sale de nuestras manos.
Algo que también sucede en la dinámica de los trabajos es que a raíz de toda situación del mismo, somos capaces de crecer en experiencia y llegamos a dominar tal o cual área. Nos hacemos una especie de “expertos” en eso que hacemos - y con mayor razón- se lo ofrecemos a Dios y a nuestros hermanos.
Es por eso muy importante ser meticulosos en nuestra labor, en nuestras materias, siempre buscar saber y conocer más, actualizarnos. No únicamente por nosotros mismos, sino también por la calidad de lo que ofrecemos a Dios y a los demás.
En nuestros trabajos también se nos presenta la oportunidad de desarrollar nuestras facultades como seres humanos, que a través de la misma problemática de nuestra labor adquiramos experiencia y capacidad de discernir, así como otras habilidades propias de nuestra área laboral.
Es por eso que el trabajo es una bendición. Pidamos a Dios un trabajo estable, fructífero, que nos lleve a la oración y a la comunión con Él, que nos conduzca a la entrega de nosotros mismos a los demás y ser mejores individuos. Los que tengamos un trabajo estable, agradezcamos a Dios por esa oportunidad diaria que nos da de encontrarle y de alcanzarle en la entrega a los demás.
Estas pueden ser las bases para pensar en qué tipo de trabajo será el más adecuado para nosotros como cristianos. Un trabajo que no comprometa nunca nuestros valores e ideales, un trabajo en donde apliquemos nuestro conocimiento y podamos actuar con libertad, un trabajo en donde podamos seguir creciendo mental y espiritualmente. Teniendo un trabajo así, estemos seguros que la estabilidad económica será simple consecuencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario